No todos los días una madurita tiene la oportunidad de follarse al hijo de su vecina, un apuesto hombre de 30 años y con el cipote a puntito de caramelo. Lo que en principio era tomar un café y charlar tranquilamente se convierte en un intercambio de fluidos, mamadas de culo y pollas, duras penetraciones y un rato digno de recordar...